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Villa Clara · CUBA · Jueves, 23 de Noviembre de 2017 | 4:50 AM
Yamil Díaz Gómez
Yamil Díaz Gómez
Yamil Díaz Gómez

Datos Generales

Nace:
En 1971
 
Santa Clara, actual provincia de Villa Clara, Cuba.
Reside en:
Santa Clara

Graduado de periodismo. En 1992 obtuvo el premio de la Ciudad de Santa Clara, con su libro Apuntes de Mambrú (Ediciones Capiro 1993). Ha publicado además: En el buzón del jardín (Sed de Belleza Editores, 1998) y Soldado desconocido (Ediciones Capiro 2001) y Crónicas martianas (capiro 2001).

Bibliografía Pasiva

EL POETA EN LA CRUZ Iniciarse como poeta en los albores de la última década del siglo, después del alto estruendo que dejaran en el aire los beligerantes bardos de los ochenta, fue la tarea que le tocó cumplir a Yamil Díaz Gómez para darle salida a su temprana vocación de testimoniar añoranzas e inconformidades. Tal vez llevara la certeza de que debía ser, el suyo, un andar solitario, con escasísimos coterráneos-coetáneos como compañeros de viaje. Porque Yamil, nacido en Santa Clara en 1971, pese a que tempranamente se vinculó con la vida literaria –desde que era pionero– no consiguió montarse en la última vagoneta del tren de los ochenta y no fue hasta 1990, cuando ganó dos primeras menciones en el Encuentro Debate Nacional de Talleres Literarios, que comenzamos a mirarlo como alguien que tenía cosas importantes que decirnos a todos. Ya para entonces muchos de sus queridos condiscípulos-colegas, como Norge Espinosa, habían emprendido el irreversible viaje desde la aldea hacia la metrópoli. Aunque a decir verdad, su verdadero gran debut podemos considerarlo el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara de 1992, que ganara con el libro Apuntes de Mambrú (Ediciones Capiro, 1993). En ese primer cuaderno ya hizo evidente el manejo de célebres personajes protagonistas de mitos, leyendas e historias reales para retocarlos con el pincel de la alegoría y de paso incorporarle nuevos y más actuales matices. El poema con que hoy nos enfrentamos, El flautista en la cruz, continúa esa línea apropiándose, en esta ocasión, del mito cristiano para insuflarle una nueva cuota de humanismo al remolcarlo desde la antigüedad a la que pertenece hasta los casi incomprensibles días donde nos ha tocado a todos respirar, amar y comprender la vida con el auxilio de la poesía. El poeta en la cruz, hermosa plaquette publicada por las Ediciones Vigía de Matanzas, le sirvió a Yamil para obtener una de las menciones en el concurso “América Bobia” que esa institución convoca. En lo estilístico se aprecia esa nueva voluntad –renovadora al compararla con el hermetismo tan privilegiadamente valorado por los poetas de la promoción inmediata anterior– de comunicación cercana, al evadir los tonos, temas y terminologías grandilocuentes, las tesis culturológicas y el trasnochado misticismo religioso que adornara una amplísima zona de la poesía de los últimos tiempos en nuestro país. Debe fijar su atención el lector en que no se aspira aquí a deificar al hombre, sino a humanizar al dios. Quien está en la cruz, le repite incesantemente a su interlocutor virtual: “Hombre, yo creo en ti". El mito seleccionado por Yamil para El flautista en la cruz, ya lo dijimos, es el del Hijo del Hombre, que se viste con el atuendo del sujeto común en tanto sus problemas son los mismos de ese otro ser que somos y que ahora mismo camina por nuestras calles y se entromete en nuestros sueños. Veamos entonces algunos de los versos con los cuales se autodefine: “Yo creo en ti cuando me cambias por monedas", “Yo soy aquel que disimula su tristeza en la tristeza de la lluvia", “Yo soy la luz del que clama en el desierto” y “Desde esta cruz yo soy el cómplice de todos los amantes". En estas afirmaciones se resume –de alguna oblicua manera– la tragedia del sacrificio en apariencia inútil, una de las primeras enseñanzas de la historia de Jesús de Nazaret. Resulta evidente que el poeta establece de manera rotunda e inmediata cuáles son sus cercanías: “Bienaventurados los que nunca apostaron su niñez, los que jamás creyeron en Walt Disney", sentencia para poner en nuestras manos una de las principales claves que ubican al texto en la contemporaneidad. Aunque esta alusión al Cristo que cada uno de nosotros cobija se encuentre llena de isotopía con el discurso mesiánico, la descripción de los males que aquejan al crucificado transpira una honda humildad crítica: “Durante veinte siglos te he tentado con la promesa de mi reino; / pero tú eres capaz de no entender: / durante veinte siglos has puesto precio a mis parábolas. / Dios hizo el mundo, y tú le has puesto precio. / Las utopías tienen precio, / mi corona de espinas tiene precio." Otro de los rasgos que acerca este poema de Yamil a los meridianos poéticos de un quehacer que, con honda raíz en Martí se afinca también en el decir guilleniano, radica en la naturalidad discursiva, en cierto tono coloquial y en la exactitud rítmica de los versos, sin que ésto implique que se rehuya la complejidad tropológica puesto que se persigue la captación de los códigos de la claridad desde un trasfondo de simulación para exponer la tesis existencial de que todos los humanos, por el simple hecho de nacer, hemos sido conducidos –de manos de la irracionalidad acumulada durante dos milenios– a la cruz global. Tal vez sólo allí, parece decirnos el flautista, con el sacrificio urgente, podamos encontrar en el desierto el camino de la salvación para la especie. No por gusto quien se encuentra en la cruz no es un mesías, sino un flautista. Y ya que se escogió a quien produce la belleza para inmolarlo en el nuevo Monte Calvario de la postmodernidad, no resulta gratuita tampoco la elección del instrumento: la flauta, el más lírico de todos. Es el artista entonces el llamado a la entrega desinteresada de su música en aras de un llamado a la cordura y la piedad, dos cualidades en franco peligro de extinción en nuestra “civilizada” selva. Bien lejos está El flautista en la cruz de esas trasnochadas vanguardias que en la actualidad vienen llenando de gritos –en muchos casos desafinados– la poesía cubana; el flautista ha pulido su instrumento en la cuerda de una tradición que toma en cuenta, además de los citados Martí y Guillén, mucho de lo que nos contagiara la Generación del 27 española, o el Antonio Machado de “La saeta” ("No puedo cantar ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en la mar.") O el discurso sentencioso que en sus altísimos momentos mostraran Octavio Paz y Jorge Luis Borges, aunque la proximidad en cada caso se haga más visible en lo estilístico que en lo temático. El flautista en la cruz es un texto que forma parte –no estoy seguro de ello– de un conjunto mucho más amplio: un libro cuyo título ya ni siquiera sé por las veces que el autor se lo ha cambiado en su afán de enviarlo sin mucha suerte –aunque obtuviera mención en el Premio UNEAC 1997– a todos los concursos del planeta. El poema que hoy nos ocupa debe adquirir, me parece recordarlo, nuevas connotaciones dentro del libro donde late con plena vitalidad como eficiente órgano de un sistema anatómico mucho más amplio, diverso y complejo. De todos modos, Yamil, estimado miembro del Club del Poste, para decirlo con tus versos: aunque no “eres el único milagro", y “has dejado de ser adolescente", “yo creo en ti", “porque la vida es una trampa donde tú naciste” y aún así lograste aprender “que no es triste morir para el que tiene una flauta". Ricardo Riverón Rojas

Premios

Entre sus premios más importantes, además del de la Ciudad 1992 se destacan: Razón de Ser, Bustarviejo (España) 1996, Mención UNEAC 1997 y 1998, Amor Varadero 2000, Eliseo Diego 2000 y Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2000 (en dos géneros). Es además editor e investigador y en la actualidad trabaja en una biografía de José Martí. Se desempeña como profesor en Centro Provincial de Superación de Cultura.

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