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Villa Clara · CUBA · Domingo, 28 de Mayo de 2017 | 7:59 AM
Momentos en que el escritor Yamil Díaz hacía la presentación de la revista
Momentos en que el escritor Yamil Díaz hacía la presentación de la revista

Signos 68 presenta: Sondeo del Ron Cubano

El ron, si se consume en demasía, puede que dañe la salud. Pero lo mismo dicen sobre el sexo y la carne de res. Así que usted debe dar agua al dominó, destapar la botella, echar un chorro a los del lado de allá y decidirse a emborrachar su corazón para olvidar… ya sabe. Estaría bien algún bolero, que viene siendo esa pequeña biografía que hemos vivido todos, porque la trova si no es con trago, mira, se traba. Y al final de la noche, se le invita también a descorchar el más reciente número de Signos.

Desde que apareció en 1969, tan singular revista ha estado atenta a toda expresión de la cultura popular. Ha sido, en manos de Samuel Feijoo y de sus herederos intelectuales, una firme tribuna para el hombre de a pie.

Por lo mismo, resulta inexplicable que el tema del ron cubano se haya pasado cuarenta y cinco años casi ausente de sus páginas. Samuel llamó a la cervecera “el templo de los garnatones” e incluyó el bar entre “las catedrales del folclor”; pero, fuera de esto y de un testimonio publicado en 2012 sobre el trágico Clud de los Tarrruces, son contadísimas las planas de esta publicación relacionadas con el noble acto de beber. ¿Por qué tanta demora? ¿No será porque las bebidas finas se deben añejar? El caso es que al cabo de sesenta y ocho números en añejo, Signos abre el tonel y nos ofrece trece deliciosos tragos servidos por importantes cantineros del mundo de las letras, como Leonardo Padura y Ciro Bianchi.

En esta entrega, Robert Louis Stevenson repite “¡Viva el ron!, ¡Viva el ron!”, y Lezama Lima acompaña a Miguel Ángel Asturias al Floridita, donde aún se escucha a Hemingway en diálogo con su admirado barman Constantino Ribalaigua. Pero de paso Ciro nos recuerda que “el ron, como el azúcar, nació del dolor”. Entonces, vienen a ser hermanos del bolero, que cuenta con un padre igual.

En el fondo del vaso se mezclan ron e historia. Así nacieron varios textos de Signos 68, como aquel donde Jorge Luis Rodríguez resume en la palabra mareado los efectos combinados de mar y ron, y pinta la garrafa como el más fiel compañero de todos los bandidos de la mar. Va Jorge tras la sombra de Exquemelin, pirata y literato él mismo, tan apreciado décadas atrás por Eliseo Diego.

Luego Leonardo Padura nos regala un reportaje como para beber de una sentada, de esos que tanto extrañamos en la prensa de hoy. Su conocida mano para lo histórico y la intriga policial convierte en un relato de misterio la historia de un gran consorcio ronero cubano que llegó a tener oficinas en Nueva York, Bélgica, Hawái, Panamá, el Líbano, Corea… Pero ¿será verdad lo de la fórmula secreta que un francés agradecido trasmitió en 1860 a Facundo Bacardí? ¿O es que una historia sin leyenda viene siendo como un hielo sin ron?

Por un momento podremos regresar a aquellas décadas en que grandes revistas como El Fígaro, Ultra, Bohemia o Carteles proclamaron que el ron es “sano, sabroso y cubano”. Y, claro, “hay muchos rones”, pero “solo un Bacardí”. Así que “tome siempre Ron Havana Club Delicioso”. Pero no olvide que “Así es la fiesta con Matusalem. Hoy alegre… Mañana bien”. Francisco Ramos y José Miguel Dorta desentierran para nosotros estos retazos de un discurso publicitario libre de la hipocresía con la que hoy se anuncian los cigarros, por ejemplo. Luego que en Cuba la vuelta a tímidas formas de propiedad no estatal ha revivido entre nosotros el pregón, tal vez renazca definitivamente cierta publicidad de donde otrora nació tanta pieza brillante para nuestra gráfica.

Otros trabajos nos recuerdan sin alarde que el centro del país es como una capital no solo de la industria azucarera sino también alcoholera. De hecho, separan solo seis kilómetros a la Cervería Manacas de la Ronera Central. Y resultó que el infierno no se ubicaba en Remedios, como afirmó en el siglo XVII el párroco José González de la Cruz; pero sí en Sagua la Grande, donde dio nombre a un mágico alambique. De toda esta tradición villareña nos habla César Augusto Martí. También Erick González y Juan Carlos Hernández, con su investigación sobre los tragos típicos remedianos, y el periodista Yandrey Lay. Este último nos pasea por la Ronera Central Agustín Rodríguez Mena, en Santo Domingo. Cincuenta mil barriles de roble blanco escuchan la jugosa conversación donde descubrimos que los actuales alquimistas inventan más que sus colegas medievales. Y, para que no faltara la nota de cubanía, resulta que la fábrica tiene hasta un “asesor espiritual”.

Así, a lo largo de esta Signos, nos vamos contagiando con lo maravilloso de lo real cubano. Pues ¿en qué otro país un Premio Nacional de Literatura se tomaría el trabajo que se tomó César López en nombrar duque mediante resolución oficial al chispetrén procedente del central Heriberto Duquesne, según nos cuenta Ricardo Riverón? ¿En qué otro país un jefe de Estado ha diseñado un coctel, como hizo Menocal —lo narra Ciro— con el sabroso Presidente? ¿En cuántos otros rincones del planeta “el ron despierta al muerto”, como descubre Alejandro Batista en respetuosa indagación de la liturgia yoruba?

Siempre que algo es importante para los cubanos, se reconoce porque deja una huella profunda en el humor y en el habla callejera. Un borracho, a la salida de un bar pregunta (según René Batista en la página 85): “¿Qué es eso?”. “Eso, la luna” —le responden. “¡Coñooooó, ¿y cómo yo llegué hasta aquí?”. Kevin Gálvez y Rosa María Ruano, por su parte, recogen un “Prontuario curdístico del batey del central Washington y zonas adyacentes” donde brilla el ingenio popular al bautizar bebidas y prácticas curderiles como Vueloconjunto, Saltapatrás, Félix Savón, Bájate el Blúmer y el genial y actualísimo Whiskyliks.

Alexis Castañeda, ese constante y nada abstemio arqueólogo de nuestra nostalgia, escribe un “Réquiem por el bar cubano”. Por sus párrafos pasan nuestros padres y abuelos con su ropita de domingo camino al Vista Alegre, en La Habana; el Lirio Blanco, en Santiago, o el Quiroga, en Santa Clara. Aquellos bares del pueblo —hoy en proceso de derrumbe, olvido o dolarización— fueron Montmartre para mucho bohemio y el teatro que consagró vitroleramente al Beny, a Barbarito, a Elena… pues diga lo que diga el Ministerio de Educación, la barra ha sido para muchos “la institución cultural más importante de la comunidad”.

Tanta añoranza etílica se subraya también en la entrevista que concedió a la revista Marta Anido, sabedora de cuánto se mezclaron en un mismo recipiente el ron y otras costumbres…

Si por algo este número de Signos merece acompañarnos por bares y cantinas es por su rico anecdotario; por su diversidad temática, pese al perfil monográfico que sigue; por su gracejo. Por su carga de interesante información. Aquí usted hallará un merecido homenaje no solo al ron o al coctel sino a quienes lo han fabricado. Aquí se habla desprejuiciadamente acerca de un ingrediente clave de nuestra cultura. No se pierde un minuto en cuestionar la bebedera, pues esta Signos es un antídoto contra el didactismo moralista y sonso de tanto periodismo padecido hasta hoy.

La revista hace honor a su afán democrático, pues —siendo Cuba la patria de los grandes rones ligeros— este número se abre no solo para las célebres marcas sino también para el Chispín, el Chispetrén, el Saltapatrás, el Huesoetigre y el Matarratas. Y, además, nos regala una gráfica grata al paladar, donde resaltan las recetas de cocteles ilustradas por Alberto Anido, las etiquetas de nuestros rones actuales, un poco de la vieja publicidad y las caricaturas de Pedro, Roland, Linares y Martirena… Realmente una revista dedicada al ron donde no aparecieran los artistas de Melaíto sería como un equipo Cuba sin Yulieski Gourriel.

Así que ya lo sabe: ha llegado la hora de emborrachar su corazón. “Tome siempre Ron Havana Club Delicioso”. Pero no olvide que “Así es la fiesta con Matusalem. Hoy alegre… Mañana bien”. Y un trago es medicina. Y “hay muchos rones”, pero “solo un Bacardí”. Beba también el prodigioso Saltapatrás, el temible Sonrisa de León, el delicioso Espérame en el Suelo. Y, sobre todo, lea este número 68 de Signos porque tantos borrachos no podemos estar equivocados.

17 de julio de 2014

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