La Valkiria errante se decapita en el ágora de Cnosos
Monólogo de Laertes, hijo de Boecio, en el ágora de Cnosos y vituperado por un público rancio en cuestiones de defecaciones orales. Por una razón muy de peso, el escribano de la plaza transcribió, en los usuales discos de barro, la totalidad de la verborrea.[1]
Ácratas y concubinas:
He tenido una cruel revelación mientras reposaba cerca del altar del Oráculo de Dódona: la decrepitud de la literatura en cierta isla y, sobre todo, de quien se sitúa en la vanguardia de los imberbes escritores que inauguran, con una devoción solar, el siglo XXI. Sí, aquellos que dudan y eructan blasfemias deben descender sus cuerpos y recogerse en sus tálamos pues Zeus, fuente de mis ensoñaciones, me reveló su pánico horror por la plaga que se nos avecina. En su estado, sólo percibí ideas inconexas. Cuanto pude reunir es lo que expongo. Mis labios se mancillarán con objetos y términos seborreicamente ajenos a nuestro tiempo, con frases y actos que validan lo previsto por nuestro algebrista Anaxágoretas: la presencia palpable de la antimateria en nuestras comarcas...
Si en Cuba existiera crítica literaria (no adjetivo: seria, real, sistemática, verdadera, etc., porque para tener esas connotaciones primero debe existir, y en ese sentido ni Descartes, con su famoso aforismo puede venir a socorrernos), no tendría que esperar varios años para desobedecer cuestiones éticas que manan ante la decisión de reseñar el libro de un amigo.
Casi cinco años han pasado y que sepa, no se ha dicho nada del libro Jugársela al canelo, del joven autor Félix Ruiz González, nada más allá que las opiniones, mayoritariamente elogiosas en el caso anterior, que se emiten en nuestras modernas ágoras culturales: pasillos, oficinas editoriales, instituciones de cultura, café literarios, presentaciones efímeras, etc., desde donde muchas veces se legitiman o se subvierten, casi siempre para bien, las estratificaciones jerárquicas o los feudos literarios de nuestro canon nacional o provincial...
Había leído todos sus libros publicados. Me sabia algún que otro verso de esos poemas que, sobre todo en los ochenta, nos sirvieron de himno tal y como lo fueron entonces las canciones de Silvio Rodríguez.
Había visto innumerables reproducciones de algunos de sus cuadros más reconocidos y había permanecido horas frente a los que en el Museo Nacional de Bellas Artes llevan su firma.
Desde pequeño había escuchado que aquel famoso hombre era nuestro paisano. Su padre y mi abuelo se habían reconocido en Cuba como emigrantes árabes recién llegados a una isla de la que ninguno de los dos saldría nunca más...
Ya se revelaron los ganadores en las distintas convocatorias de la UNEAC.
El poema premiado en el concurso Ciudad del Che resultó: El Che vive a dos cuadras de mi casa, de Otilio Carvajal Marrero. Las becas de creación de dicho concurso fueron obtenidas por Rebeca Murga Vicens con su proyecto de novela Alma negra y los aprendices; y Amador Hernández Hernández con su proyecto de testimonio Príncipe de Celda.
Por otra parte el concurso Ser en el tiempo (que premia a los libros publicados por autores villaclareños durante el pasado año), concedió los siguientes premios:
Anisley Negrín Ruiz por Temporada de patos, Rebeca Murga Vicens por La enfermedad del beso, y Jorge Luis Mederos Betancor por El libro de otros.
Felicidades a los premiados.
